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CELEBRITIES

En la antigua Roma, los Lares eran dioses menores protectores del hogar, (una cosa entre MAPFRE y animal de compañía). Se les veneraba con pequeñas lucernas y resultaban cómodos porque no había que ponerles cuarto como a la criada.

Cesar Borgia hacía entradas triunfales en la ciudad, a caballo y tirando peladillas (como nuestra Sor Thomaseta). El populacho veía alucinado a un centauro emparentado a un tiempo con Marte, el dios de la guerra, y con el que vivía en el Vaticano. Le contemplaban arrebolados en un plano cinematográfico (contrapicado) de mucho empaque, ya que a los caudillos les sienta muy bién la figura ecuestre.

María Callas, la última diva de la ópera, era visible pero no asequible. Se retiró al primer conato de fallo de la voz, o sea: cuando empezaba a perder su condición divina.

Y eso es lo que quiero reseñar: Los dioses, para serlo, tienen que dar muestras de su existencia desde una posición relativamente próxima pero distante. En las distancias cortas, un dios se convierte en “famoso”… y ahí acaba todo.

Yo, que me vanaglorio de haber vivido unas semanas en Hollywood, puedo decir que, de aquel nuevo Olimpo creado por los judíos Goldwin, Mayer y compañía, solo quedan fantasmas en el Hotel Rooswelt (El diseño de Hockney en la piscina, no ha conseguido espantar a Rodolfo Valentino que se aparece siempre en la misma habitación). Y es que los fantasmas están hechos de la misma materia que los dioses y se manifiestan con una presencia diferente a la nuestra.

Cuando las actrices empezaron a ir al super en zapatillas y sin maquillar, la Meca del cine empezó a desplomarse. Ya en el 72, Terenci Moix me dedicó un libro con la apocalíptica frase. “From Hollywood with nostalgia”.

Santa Teresa decía  “que también entre los pucheros andaba Dios”. Y no es casual que los Mass-Media, que actuan como si fueran dios (creando, poniendo y quitando personajes y personajillos), tengan una jerga profesional relacionada con la cocina (como los pucheros de la santa abulense). Veamos: tenemos la “parrilla televisiva”, los micrófonos son “alcachofas”, las parabólicas son “paelleras”, y así, pero el guiso (especialmente el Televisivo), no puede ser más atroz, porque sus ingredientes: “los nuevos famosos”, lo son por via inguinal o por residuo catódico (madres de hijos de, desechos de realitys reconvertidos en tertulianos jueces de otros realitys, y algún pariente chillón.O sea: casquería pura y dura transformada en un fast food tan ramplón como el bocadillo de mortadela con el que gratifican a los autobuses de jubilados en los programas de Ana Rosa.

El anarquista ruso Piotr Kropotkin decía que “la única iglesia que ilumina es la que arde”.Sin llegar a tanto, yo he decidido entrar en la cocina digital, remover cazuelas y sartenes, y guisar devotamente, con el fuego fatuo de la popularidad, las mejores partes de las pocas celebritys de verdad. Las pata negra, los cinco Jotas. Delicatessen de los must. Muslo y pechuga, cuarto y mitad.

Llévese un famoso a la cazuela.

Calentar y servir.

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